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BARCO EBRIO
Daniel Frini
 
Ese mediodía de septiembre invitaba a caminar hasta la plaza para almorzar, mientras se disfrutaba del sol que auguraba la primavera cercana. Dejé la oficina, pasé por el kiosco a comprar una botella de agua mineral y mi pebete de cocido y queso, y crucé la calle; buscando, con la mirada, algún banco disponible para sentarme. En esta época del año, cuando el frio afloja, todos salimos a buscar algo del calorcito de la hora del almuerzo; la plaza se puebla y los únicos bancos libres están a la sombra, que aún guarda algo de invierno. Encontré uno en el que estaba sentado un anciano que parecía dormido. Me senté a su lado, abrí la bebida y desenvolví el sándwich. Mientras, el viejo a mi lado parecía refunfuñar un mal sueño.
Estaba a punto de comer mi primer bocado, cuando me sobresalté al escuchar a mi vecino proferir un
—¡Mierda!
En cámara lenta, con mis manos sosteniendo el pebete a unos cinco centímetros de mi boca abierta dispuesta a morder, giré la cabeza. El anciano me estaba mirando.
Sostenía entre sus dedos índice y pulgar, y frente a mi cara, un clavo de unos veinte centímetros. Era viejo, de corte cuadrado, estaba oxidado y parecía que había sido doblado y vuelto a enderezar.
—Éste es igual a los de la crucifixión —dijo, mientras lo dejaba en el banco, a mi lado—. Es para usted. Clávelo en su corazón. Si cree que puede fallar, húndalo en su ojo. Según dicen varias religiones, los ojos son las puertas del alma.
—¿Ah? —atiné a decir, aún con el sándwich frente a mí, y mi boca abierta.
El hombre juntó sus manos sobre sus rodillas y miró al frente, como si mirase a la nada.
—He visto cosas que ustedes nunca hubiesen podido imaginar —dijo—. Naves de ataque incendiadas más allá del hombro de Orión. Vi a los rayos «c» brillar en la oscuridad, cerca de la Puerta de Tannhäuser.
—¿Lo qué? —pregunté.
Bufó.
—Dije que he visto cosas que ustedes nunca hubiesen podido imaginar.
—¿Ustedes, quienes?
—¡Ustedes! ¡La humanidad!
—¿Se siente bien?
No contestó. Unos treinta segundos después, continuó.
—Le decía que he visto naves de ataque incendiadas más allá del hombro de Orión. Vi a los rayos «c» brillar en la oscuridad, cerca de la Puerta de Tannhäuser.
Yo aún no había movido mi pebete.
—Bueno, yo vi la barrileteada de Maradona, el zapatazo de Ginóbili. Vi a Boca ganar la final de la Libertadores en la Bombonera, la heroica defensa de los Pumas contra Irlanda en el ’99…
Pareció no escucharme.
—He visto al sol, manchado de horrores místicos; las resacas, el horror de la tormenta. He visto las enormes lagunas cuando fermentan como un Leviatán podrido. Vi  rugir a los Behemots y los Maelstroms; las estrellas nacaradas y al cielo ardiendo.
—¿Ajá?
—Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia.
—Y bueh…
Bajó la cabeza hasta que su mentón tocó el pecho.
—Es tiempo de morir —dijo, y se quedó quieto.
Lo miré durante unos instantes más. No emitió otro sonido, su pecho no se movió. Su piel adquirió un cierto tinte grisáceo. Estaba muerto.
Giré la cabeza hasta mi pebete, que aún continuaba a cinco centímetros de mi boca. Le di un mordisco. Me supo a metal. Nosotros, los replicantes, no tenemos muy desarrollado el sentido del gusto.
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