top of page
FUENTE DE VIDA
 
María Celeste Medina
Lo había descubierto.  Fueron horas de entrega a la investigación, al fracaso y a la ocasional esperanza.  Las células habían respondido.  Identificar el componente catalizador le había llevado diez años de trabajo. La sangre  de los cobayos había reaccionado con éxito, pero fue en ese preciso momento, eufórico de su éxito, que recibió la noticia: a la Comunidad Científica le fueron reducidos los gastos. Las investigaciones en proceso debieron detenerse.
 
No consiguió patrocinadores, idealistas mecenas ni ricos   excéntricos que confiaran en él. Aún a costa de privaciones, no decayó.  Necesitaba probar su compuesto.
Llegó a perseguir y   a capturar  perros abandonados para  inocularles la sustancia.
Después de muchas noches repletas  de insomnio, se le ocurrió solicitar trabajo en un Banco de Sangre. No resultó difícil hacer el seguimiento de quienes, habiendo recibido una transfusión, con el agregado de su tan lograda sustancia, se convirtieron en laboratorios vivientes.
En sus registros contó la primera impresión y pensamiento de los observados: decían que "su motivación era tal, que lograrían vencer la enfermedad” estaban convencidos de ello. Eso, ya de por sí fundamental para la recuperación de la salud, terminó siendo minúsculo ante las otras reacciones: rejuvenecimiento, vitalidad, inmunidad.
No patentó su invento, pero sí comenzó a sacarle réditos clandestinamente. La ilegal empresa creció rápidamente
Fue rico. Gozó de todos los placeres  que el dinero pudo darle y temió por la vejez y la salud que no podría evitar. Probó en sí mismo su propia fórmula y se despreocupó del tiempo.  Necesitó  cada vez dosis mayores.
Su sangre se saturó del compuesto y recurrió a transfusiones.  No alcanzaba a colmar su creciente necesidad de sangre.
Se preguntó cómo la habrían conseguido quienes habían usado la sustancia que él había descubierto y comercializado; hasta que, un anochecer tempranero de invierno, encontró la respuesta en el níveo cuello de su virginal secretaria.
AGUA Y MANÌES
María Celeste Medina
 
Lo merecía. Erika Sintió que realmente merecía el ascenso.
Había dedicado 24 de sus 30 años a complacer a los demás. Excelente alumna escolar, de secundaria y universitaria, su vida estuvo escrita en los renglones de la responsabilidad, la aplicación, las puntualidades.
Su escape, en apasionada dedicación, era la Terapia Empresarial de Motivación y Redireccionamiento Conductual, bautizada en la jerga laboral como “Temor”.  A los directores, un grupo de un norteamericano, un japonés, un francés y un africano, la denominación, más que en temor, se les convirtió en pánico. Los ingresos iban creciendo en directa proporción a la clientela. La sigla “Temor” la ahuyentaría, por lo que exigieron se destacara en el Logo de la empresa, antecedida por la palabra “Sin”.
El norteamericano, heredero de una cadena pastelera, había sido el principal inversor. El japonés se había especializado en Marketing y suya era la idea de “cambiarles la cabeza” a los afectados de stress. En su propia cabeza había cambiado el gusto de la floración de los cerezos por la superposición de dólares. El francés contrató a los programadores de computadores, a los administradores de redes, a los biólogos, psiquiatras, psicólogos, motricistas y a cuánto especialista de vanguardia en lo que tuviera relación con la cibernética y el ser humano, en ese orden e importancia. El africano no entendía el idioma ni los objetivos de la empresa, pero su color ponía el tinte de inclusión y espíritu abierto, que daba buenos réditos al momento de promover los servicios.
Parecía que lo único que tenían en común era un desmedido consumo de agua y de maníes en todos los sabores y presentación ofrecidos por el mercado.
Erika se dijo una vez más que disfrutaría su merecido cargo. Estaba apenas por debajo, en jerarquía, del Dr. Balford, un científico poco reconocido en el país y de quien no encontró publicaciones. Igualmente ella valoraba   su saber, algo repetitivo y convencional. La motivaba el recibir de él, con frecuencia, aliento y aprobación de su trabajo. Éste consistía en observar células nerviosas de quienes asistían a “Sin Temor” en su fase inicial de tratamiento. En la mayoría, las sinapsis dominantes eran las de excitación sobre las de inhibición.
Realizando un seguimiento progresivo, ella se encargaba de registrar y elaborar las gráficas de evolución. Cuando, y eso sucedía al tercer mes como máximo, las reacciones se equilibraban o aparecía una leve tendencia al predominio de la inhibición, pasaba sus registros a otro científico de la empresa, un bioquímico poco comunicativo, Hans.
Hans había adquirido los hábitos, seguramente por reunirse con frecuencia con el Directorio, de consumir mucha agua y comer buenas cantidades de maníes.
Érika estaba llegando muy tarde a su casa. Eso había sido motivo de algunas reyertas con Isac, su marido. Éste ocupaba un puesto muy importante en la Gerencia de una red de venta de productos para la construcción. Su visión, creatividad y osadía para detectar nuevos espacios de mercado, le habían valido ascensos y reconocimientos.
Hacía aproximadamente un mes que las discusiones habían cesado. A Érika le sorprendió el cambio en su marido, tanto que empezó a dudar de su cariño. La sospecha de la infidelidad se le instaló como una obsesión. Prefería los reproches, el ceño fruncido y las palabras contenidas, sabedora del motivo, a esta justificación impasible y aprobatoria a cualquiera de sus propuestas.  Ya sin saber cómo reaccionar, rayando en la impotencia, hizo cosas que disentían con su propia ética.
En una llamada telefónica, mintió ser la secretaria de su esposo, de quien pudo imitar la voz, y entabló una fluida charla con la de su jefe. Se enteró que Isac había cambiado abruptamente su carácter impetuoso e innovador. Aceptaba toda sugerencia de cualquier empleado y lo que es peor, las ponía en práctica. Ya estaba en la mira de los superiores.
Érika lo encaró una noche. Isac confesó su asistencia a “Sin Temor”. Había visto su matrimonio peligrar, por considerarse intransigente ante las ausencias de Erika, a quien, asimismo, veía fatigada y laboriosa.
La joven no lo dudó más. Debería interiorizarse de la eficacia de los métodos aplicados por ·” Sin Temor”. Nada la había inducido a sospechas. Eran muchos los pacientes que permanecían unos cuatro meses en tratamiento y aguardaban, después de su última sesión, los aviones que les conducirían a sus destinos de origen. Había sedes de “Sin Temor” en el mundo. No había oído quejas.
Aprovechó un lunes. Sabía que ese día su jefe pasaría toda la mañana reunida con el Directorio.
Priorizando descubrir las causas del cambio de Isac sobre cualquier prurito ético, se sentó al escritorio del Dr. Balford.
Al principio, el ordenador no le rebeló nada. No había contraseña que ingresar y si así fuera, ella no era muy hábil en descifrarlas.
 Casi lista para marchar, decepcionada y con angustia, comenzó a frotar con su mano, mientras elaboraba futuras y desesperadas estrategias, una bola de muchas caras que estaba a su derecha, sobre el escritorio.  Aparentemente era de cristales de varios colores, pero con aspecto de consistencia metálica. Al principio no reparó en ningún cambio, pero al continuar la frotación, el rayo de luz surgido entre sus dedos, la deslumbró. Al chocar con la pared, vacía, inmaculadamente aséptica, proyectó un cúmulo de datos que, al interpretarlos, casi paralizaron su corazón.
Allí estaban, desmenuzados, analizados, enumerados, descritos y graficados, cada uno de los cambios de conducta y de pensamiento que había observado en su marido.
Se revolvió en rebeldía. Vio a su Isac tratado como un ratón de laboratorio, a él y a otros cientos de miles, pacientes de Sin Temor.
Aún no había descubierto lo peor: con colores iridiscentes y fondo en grados de transparencia había innumerables listas de personas trasladadas a un lugar del que tenía una vaga idea: Mensedul, un planeta que se rumoreaba descubierto hacía pocos años. Como había sido detectado por reflejos aleatorios causados por una tormenta solar y orbitaba la luna, se había dicho a la prensa que, de existir, no era visible desde la Tierra pues acompañaba en su trayectoria el lado oscuro del satélite.
Ella estaba convencida de que cuando un dato así se filtraba, era porque las causas y efectos del evento ya habían sido investigados y conocidos.
Estaban mencionados los nombres de los integrantes del directorio, de su jefe, del químico biólogo y de cuánto profesional ocupaba un cargo de importancia. Todos con un rasgo en común: consumo desmedido de agua y maníes.
Sin dudarlo, llamó a Mateo, investigador de descubrimientos espaciales ocultos a la mayoría de los mortales.  El ácido pantoténico, necesario para formar la coenzima A (CoA) , crítico en el metabolismo y síntesis de carbohidratos, proteínas y grasas, estaría ausente en Mensedul. Una mutación inesperada habría impedido su síntesis en el ambiente del planeta. Los maníes lo poseen en abundancia.
Érika se vio rodeada de visiones: autómatas todos, cultivando maníes para Mensedul, sintetizando sustancias en Mensedul, esclavos todos de Mensedul.
Buscó los análisis de las conductas de Isac. Hacía muy poco tiempo que estaba en pasaje a la etapa de inhibición.
Copió los datos fundamentales de esa Caja de Pandora descubierta. Salió con paso decidido a emprender la gran batalla de su vida. Esperaba poder hacer la regresión necesaria para que “su” Isac volviera.
SAL Y ARENA
 
 
 
 
 
 
 
María Celeste Medina
 
Hastiada de la vida, de lo insulso de una existencia equidistante entre la moderación y el límite, sin incentivos ni desafíos, Marcela abandonó el obligado baile de cada noche en la playa.
Levantarse a mediodía, con la cabeza embotada del sueño de madrugada, almorzar comida de playa con olor a pescado a la plancha, frito o cocido, luego de haber aspirado en la atmósfera del pueblito pesquero el aroma salado de las escamas vivas, ir a la costa de arenas hirvientes aplastadas de pies promiscuos, para esperar los atardeceres apacibles del beso multicolor del sol a las olas, al vigésimo día  le resultaba insoportable.
Caminó arrastrando los pies, intentando rasparlos en la arena que, rebelde, le resultó sedosa, elevó la mirada y los ojos se le agrandaron, prendados del brillo deslumbrante de las estrellas sobre un fondo muy oscuro por contraste, y más  grande aún por ilimitado.
La noche no había logrado refrescar el aire, no soplaba ni una brisa desde el mar que moviera la liviana chalina que colgaba de sus hombros y la delgada tela de la solera se le pegaba a la piel.
Inconscientemente, caminó hacia el agua, hasta que las rodillas, mojadas de frío por una ola potente, la hicieron sorprenderse y levantar la cabeza, justo a tiempo para no chocar contra un cuerpo desconocido que avanzaba, de espaldas, absorto en el cielo agujereado de estrellas.
Cayeron juntos, chapoteando involuntariamente, prendidos el uno y el otro para intentar incorporarse, entre resbalones y manotazos.
Sólo les quedó reir, mirándose de pie, descubriéndose entre claros plateados que les regalaban las nubes cómplices cuando destapaban la luna.
Primero fueron los ojos que no quisieron separarse, luego las manos recorriendo mapas imantados se llenaron de calor que quería trasmitirse a la otra piel, sin lograr desprenderse, apretando más y más, hasta sentir el latir de la sangre, cabalgando entre músculos tensos, entrando y saliendo a golpes del corazón, incendiando los poros, afiebrándolos hasta los huesos.
Se volvieron salados de olas y ásperos de arena, subiendo y bajando con las olas, mecidos en ondas de deseos, hamacados por la marea.
Las bocas sorbieron el salitre de otra lengua, explorando y lamiendo con impaciencia, buscando y provocando el mordisco con voracidad.
Dos  muslos resbaladizos separaron otros dos mojados, el brazo firme, largo y delgado sostuvo la concavidad de la espalda, para contrarrestar el empuje de las olas y para sentir la frialdad de los pezones, contrastando con la calidez de los pechos.
La ostra se abrió al embate exigente y la fuerza vital la inundó, vibrante, arremetiendo y retrocediendo en su centro, ondulándola al ritmo del océano que, intermitente y eterno, da y toma.
Despierta en amanecer, vital y hundiendo la arena en huellas leves, se aleja hacia la rutina, sin mirar hacia atrás, donde yace un cuerpo en la orilla, extenuada la espalda que moja la espuma.
Habría pensado que fue un sueño, producto de la alucinación del aburrimiento y el desencanto, si no hubiera escuchado a su alrededor, al despertar, la noticia excitada de quienes habían encontrado el cuerpo de un joven muerto a la orilla del mar, sin signos de violencia.
bottom of page