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El Templo de la Luz
Andrés Montañez
 
La terminal de autobuses estaba algo agitada, era el primer fin de semana largo del verano y muchos escapaban de la capital. Germán no era la excepción, un muchacho de veinte años con la piel algo bronceada y cabello negro. Llevaba solo una mochila y cientos de canciones en su teléfono. Subió a su autobús, el coche número setenta y siete. El guarda revisó el boleto y cortó una parte. Pasó al lado del conductor, un moreno de unos cuarenta años que le dió la bienvenida. Germán asintió con la cabeza y se metió por el pasillo del vehículo buscando su asiento, era el veintisiete, pegado a la ventana del lado derecho.
 
            Acomodado en el acolchado asiento buscó en su teléfono y seleccionó una playlist, se puso los auriculares, bajó las gafas de sol, apoyó la cabeza contra el vidrio de la ventana y poco a poco fue cayendo en una espiral de sueños. El poderoso motor del autobús rugió y emprendió la marcha. Germán ya dormía.
 
Un fuerte chirrido seguido de un ahogado resoplo neumático lo despertaron y se dio de bruces contra el asiento delantero, las gafas fueron al piso. Arrancado de un sueño profundo se sintió tirado en un mundo frío y gris. Una voz áspera le carraspeó «¡Destino!». Germán agarró su mochila y las gafas, guardó los auriculares y se levantó, «¡Vamos! ¡Abajo!» insistió de nuevo la voz. Caminó por el corredor del coche, él era el único pasajero. A medida que avanzaba se apoyaba de los rígidos asientos de plástico naranja. Su mano se estremeció, ¿eran esos asientos cuando subió? Antes de intentar recordar el chofer, un anciano de piel pálida y grises cabellos despeinados, volvió a meterle prisa. Éste estiró la mano y jaló de una palanca, la puerta del coche se abrió. Germán en parte adormilado y en parte desconcertado descendió bajo la insistencia de aquel hombre.
 
            Se encontraba sobre un andén de madera, pegado había una pequeña terminal de autobuses pero parecía estar cerrada, de hecho algunas ventanas estaban tapadas. Giró para hablar con el conductor pero en cuanto lo hizo éste cerró la puerta en la cara y puso el coche en marcha. Germán golpeaba la puerta mientras lo perseguía, pero el coche aceleró y se quedó golpeando el metal de la carrocería gritando que se detenga. El autobús aceleró más, la calle era de tierra y una polvareda naranja se formó como una cortina de humo. Tuvo que detenerse para taparse la boca y nariz con ambas manos. La nube de tierra se disipó pero no había rastro del vehículo.
 
            Germán estaba parado en medio del camino. Observó a su alrededor, parecía ser la calle principal. A su derecha estaba la terminal de autobuses, la rodeaban unos comercios. En frente había más comercios, una carnicería, una oficina de correos y un almacén. Todos cerrados. Los vidrios estaban polvorientos, los carteles descoloridos y la pintura resquebrajada. Entre más observaba más señales de abandono encontraba, pero lo que le llamó la atención fue que no había casi sombras. Era como un día nublado, pero no había ninguna nube en el cielo, que a su vez era de un color azul pálido, casi enfermizo. Tampoco veía el Sol, era como si ya se hubiese puesto bajo el horizonte pero iluminando igual de fuerte que con la luz del mediodía.
 
            No hacía ni frío ni calor, tampoco corría brisa alguna. Germán husmeó por la terminal pero no vio a nadie ni tampoco forma alguna de entrar. Comenzó a deambular por el pueblo. Al igual que la principal, ninguna calle era pavimentada, eran de una tierra anaranjada. Todas las casas estaban en abandono, la mayoría tapadas con maderas, otras incluso con bloques. Casi todas eran casas de un solo piso, pero también los había de dos. No había veredas, solo las calles de esa tierra extraña. En el horizonte, hacia donde mirase había mesetas rocosas, era una geografía que desconocía por completo. A lo lejos, entre dos picos, asomaban unas nubes negras de tormenta, tan majestuosas como maliciosas.
 
Zigzagueando entre las calles llegó a una plaza, la arquetípica plaza de pueblo. El pasto estaba seco y amarillo; los pocos árboles eran grises y sin hojas, casi petrificados. En medio había una fuente llena de tierra. Tras rodear la plaza llegó a una esquina en donde había un cine y lo curioso era que parecía estar abierto. Tenía un cartel con varias luces –apagadas– que formaban el nombre «Vogue» y debajo una marquesina, que según indicaba estaban exhibiendo la película «Carcosa». El nombre no le sonaba en absoluto y eso que él se consideraba muy cinéfilo. Dado que era el único lugar que no parecía abandonado, decidió entrar.
 
            Lo primero que notó fue que había luz. En el hall de entrada estaba la boletería pero no había nadie y al lado una máquina haciendo pop, parecía fresco. Con voz alta preguntó si había alguien, tras no recibir respuesta siguió avanzando. El final del hall llevaba a las puertas de la sala del cine, parecía ser la única. Entró, los goznes de la puerta chirriaron.
 
La sala estaba a oscuras, el proyector llenaba el ambiente            con su mecánico sonido. El aire se sentía espeso. Dió unos cuantos pasos más y divisó las butacas, no había nadie en ellas. Sobre éstas, flotando en el aire, estaba bien definido el haz de luz del proyector impactando en la pantalla de la sala. Era una imagen en blanco y negro, mostraba una playa con varias rocas musgosas. Las olas golpeaban de forma suave la orilla.
 
            Germán fue hasta mitad de camino entre la entrada y la pantalla y afinó la vista hacia la cabina del proyector, no estaba seguro pero le pareció que había alguien, ¿el proyeccionista quizá?. Levantó la mano y saludó, luego elevó la voz lo más que pudo, «¿Hola? ¿Hay alguien ahí?» preguntó con cautela. El proyector se detuvo y la luz se apagó, quedó sumido en una oscuridad impenetrable. Se quedó quieto. Escuchó un ruido metálico, como pequeñas palancas. El proyector se puso en marcha y la luz volvió. En la pantalla seguía la imagen de la playa pero ahora las olas iban en reversa y el color estaba invertido, la arena era negra y el cielo era blanco con estrellas negras titilando.
 
En ese instante Germán se dio cuenta que ya no estaba solo, ahora todas las butacas estaban ocupadas. Decenas de personas, hombres y mujeres de todas las edades. Lo miraban con ojos fijos y fríos, tan abiertos que parecía no tuvieran párpados. Sus bocas estaban abiertas y enseñando los dientes, una sonrisa que parecía más bien una mueca. Entonces un hombre delgado y alto de la primera fila se incorporó. Una mujer con un elaborado peinado en el centro de la sala hizo lo mismo, los siguió alguien más en la esquina. Germán salió pitando.
 
Se dió de bruces contra las puertas y corrió por el hall. La máquina de pop ya no tenía pop blanco y fresco, estaba verde y podrido, lleno de gusanos. En la taquilla había un hombre, tenía un cuchillo de carnicero en la mano derecha y le sonreía mientras se trozaba la mano izquierda como si cortara apio. Germán logró salir del cine pero parecía no haber salido de la pesadilla. Afuera las nubes negras habían copado el cielo, un fuerte viento arremolinaba la tierra y escombros de las calles. Una fina lluvia roja caía sobre el pueblo. Los árboles secos de la plaza estaban prendidos fuego, y todo el pueblo estaba allí. Se perseguían unos a otros, algunos con hachas daban caza, otros con palos. Una mujer con un prolijo vestido a cuadros estaba con una escopeta de doble caño, le acababa de volar la cabeza a un hombre obeso que se le acercaba con una pesada llave inglesa.
 
            Germán estaba catatónico, la lluvia lo empapaba. Extendió la mano y la observó, era sangre, estaba seguro que era sangre. Escuchó la puerta de la sala del cine abrirse de golpe, no perdió tiempo mirando, ya sabía que venían por él. Salió corriendo por la calle del costado. Allí la situación no estaba mejor, en la esquina opuesta había dos hombres dando patadas a otro tirado en el piso. Todos ellos sonrientes y con los ojos desorbitados. Siguió corriendo por la calle y tuvo que parar en seco, el cuerpo de un viejo salió volando por una ventana, tenía la cara derretida. Del otro lado de la ventana rota había una anciana con un humeante sartén de hierro en la mano, lo estaba agarrando en carne viva.
 
            Logró alejarse de la plaza, que parecía ser el epicentro de toda esa locura. Pero al doblar en una esquina se topó con un niño. Germán se detuvo, en parte exhausto de correr sin parar y además preocupado por el niño. Sin embargo el pequeño sonrió y sacó un pesado revólver, apuntó a Germán, tiró hacia atrás el percutor y jaló del gatillo.
 
            «Destino» dijo el conductor, un moreno de unos cuarenta años. Germán se despertó, tenía la respiración agitada y la frente perlada de sudor. Miró a su alrededor, estaba en el coche en que se había subido. Los pasajeros fueron descendiendo de a poco, él aun estaba clavado en su asiento intentando calmarse. A los minutos el conductor se acercó, Germán estaba con la cabeza gacha. Con delicadeza el conductor le tocó el hombro, «Señor, ya llegamos», nada. Insistió una vez más, nada. Se acercó más intentando ver qué pasaba, vio al joven mirándose los pies, tenía el calzado y la parte baja de los pantalones enlodados con una tierra anaranjada.
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